Comentario sobre El futuro lo decides tú, de Zaryn Dentzel

  • Utilidad práctica - 7/10
    7/10
  • Carácter inspirador - 7/10
    7/10
  • Profundidad, detalle - 5/10
    5/10
  • Entretenimiento - 7/10
    7/10
6.5/10
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El futuro lo decides tú es un relato en primera persona del ideólogo y co-fundador de Tuenti, Zaryn Dentzel, en el que refleja su forma de pensar en diversos ámbitos empresariales y sociales, y que busca impregnar al lector con un mensaje de optimismo: repetirá hasta la saciedad que todo está por hacer, que todo se puede mejorar. Es un libro ameno, fácil de seguir, aunque con escasa profundidad y que pasa “de puntillas” por aspectos tan relevantes como la estructura societaria de Tuenti y las dificultades con los inversores, la competencia de Facebook, Twitter y Whatsapp, o la adquisición por Telefónica y consecuente salida de Bernardo Hernández –quien calificó la de Tuenti como una de las “aventuras más intensas y más bonitas de mi vida”-, por citar algunos ejemplos. Se comprende que Zaryn quiere remarcar un discurso positivo, si bien un público especializado echará de menos los verdaderos entresijos de la historia.

En la primera parte del libro, el autor rememora parte de su infancia y adolescencia, e identifica los acontecimientos que le llevarían, posteriormente, a la creación de Tuenti. Con quince años, intrigado por las raíces españolas de su pueblo natal en California y curioso por aprender el idioma, se enroló en un programa de intercambio y aterrizó en España. Concretamente lo hizo en Badajoz, en Cabeza del Buey, donde aprendió español y sobre pájaros viendo documentales de La 2. A los pocos meses, buscando un entorno más dinámico, consiguió mudarse a Mijas; aquí conoció a Félix Ruiz y Adeyemi, futuros fundadores de la red social. Esta fue su primera etapa en España, de aproximadamente un año.

A su regreso a Estados Unidos coqueteó con la política universitaria y se hizo representante de su residencia; luego se fue becado a Namibia, a fin de estudiar la diversidad de especies de aves en la región, y sin embargo descubrió el drama del sida en aquel país. Esta experiencia haría que, con veinte años, cursara un programa de prácticas en Naciones Unidas, en Nueva York. Descubrió a su pesar el escaso margen de maniobra del que la ONU dispone, y se dio cuenta de que, para cambiar el mundo, lo mejor es empezar por el ámbito local, por nuestro propio entorno.

Tras su paso por la universidad inició, junto con un grupo de amigos, la red social de movimientos políticos Essembly, que no llegó a cuajar pese a sus esfuerzos y que le permitiría codearse con el célebre Sean Parker, a la postre primer presidente de Facebook. Hay que recalcar cómo Zaryn ensalza el fracaso como fuente de experiencia; más aún, lamenta que el fracaso no se valore en España como sí que se hace en Estados Unidos: “Mejor echarse a la mar con alguien que haya naufragado alguna vez que con alguien que no sepa lo que es una tempestad. La idea original de Tuenti surgió de algo que salió mal, de un fracaso. El de Essembly, una red social de las pioneras, que estaba centrada en las luchas políticas y sociales […]”.

Essembly, indica Zaryn, carecía de una red de identidades que sirviera como soporte a las diversas causas que la plataforma pretendía promover, y es así como surge la idea de Tuenti. Cuenta cómo, ante la elevada competencia en Estados Unidos, con actores en rápido crecimiento como MySpace, Facebook y Friendster, piensa en el mercado español. Retoma el contacto con Félix y Adeyemi y les anima a lanzarse. Ambos ayudaron en la consecución de financiación inicial; Félix, además, era un universitario de gran popularidad, que ya contaba con una red social física, hecho que sería determinante para conseguir una base inicial de usuarios para Tuenti.

A partir de aquí, Zaryn confiesa múltiples peripecias, a saber: cómo Félix reclutaba a universitarias “guapas” para que mandaran invitaciones; la primera ronda de financiación family and friends y los 18 millones invertidos por Qualitas Equity Partners más adelante; las trabas de Hotmail, que bloqueaba el envió de invitaciones de Tuenti; los problemas con los servidores para gestionar el rápido crecimiento; su obsesión por los detalles del producto, su simplicidad y, sobre todo, privacidad y relevancia de los contenidos. También recuerda momentos extremadamente amargos en lo personal, como el trágico accidente de tráfico en el que murieron dos compañeros.

De su relato se desprende la extraordinaria capacidad de Zaryn para formar un equipo de primer nivel, con frecuencia mirando a su alrededor: supo aunar a amigos que conoció en España con compañeros de Essembly y, ayudado por las cifras de crecimiento iniciales, incluso consiguió atraer a antiguos empleados de Facebook y Google. A medida que Tuenti maduraba, su preocupación por reclutar a los mejores persistió en forma de duros procesos de selección de personal. El autor pone énfasis en la importancia de la cultura empresarial, que resume con el término “tuentines”. En este sentido, en una entrevista de 2011 en The Wall Street Journal, Zaryn se quejaba ante la excesivamente proteccionista legislación laboral en Europa; según afirmaba, se gastó más de 200.000 euros en abogados que diseñaran un plan de opciones para la plantilla de Tuenti, de modo que los empleados tuvieran una parte de la empresa y pudieran sentirse parte de su éxito.

El autor elude mencionar el trasvase de usuarios de Tuenti a Facebook y tan solo hace una mención sucinta a los ingresos por publicidad, pero sí reconoce abiertamente distintos errores de producto: los servicios de geolocalización, cupones de descuento y videos nunca funcionaron como esperaba. El aprendizaje de estos errores les llevó a centrarse en Tuenti como herramienta de comunicación entre amigos “de verdad”, primero impulsando las aplicaciones móviles, y finalmente gestando su metamorfosis en operadora móvil virtual –cuyo objetivo es procurar la mejor cobertura de datos al mejor precio, con un servicio sencillo y  online, apalancado en la red social-. En efecto, Tuenti perdió el 74% de sus usuarios como red social en 2014, y a principios de 2015 contaba ya con 230.000 clientes como operadora móvil.

Por otra parte, Zaryn comparte sus opiniones vitales en diversas esferas: cree en la iniciativa privada y en la intervención mínima del Estado, movido por un espíritu libertario; piensa que la vida laboral y personal son una misma, pues los compañeros de trabajo se convierten en amigos; detesta las reuniones, y defiende, a cambio, las conversaciones informales (“si cada uno sabe cuál es su papel, no hace falta tanta reunión”). Se agradecen, a modo de corolario, los consejos para emprendedores que incluye al final. Se agradece igualmente el tono didáctico y esperanzador que el autor adopta en todo momento: si un “guiri” –como el mismo de califica- viene a España y lo consigue, ¿por qué no lo puedes conseguir tú?

La de Tuenti es, asimismo, una historia llena de contradicciones. Como el propio Zaryn afirma, “nosotros estábamos rehaciendo los medios, cambiando la forma de hacer las cosas, aspirábamos a ser algo así como la vanguardia de las comunicaciones”; sin embargo, este idealismo no impidió que captaran la inversión de Qualitas Equity Partners, fondo ligado al Grupo Prisa –concesión que Zaryn justifica en el carácter visionario de Borja Pérez, uno de los gerentes de aquel fondo- o que finalmente vendieran al gigante de las telecomunicaciones Telefónica. Tuenti aspiraba a hacer algo diferente, y por momentos lo consiguió, no obstante acabaría siendo absorbida por los poderes fácticos en el sector. Después de la adquisición por Telefónica en 2010, que abonó 70 millones por un 90% de la compañía –operación sobre la que, insisto, este libro no desvela demasiados detalles-, Zaryn continuó como CEO de Tuenti hasta su salida en 2015, pasando a ser Chairman en Tuenti y Strategic Advisor para Telefónica Digital Transformation.

Imagen por David Martín.

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